lunes, 22 de agosto de 2016

GAUGUIN I: PARÍS, BRETAÑA, ARLÉS

Autorretrato. París 1894



Gauguin siente la necesidad de unir vida y arte. Rechaza la cultura de Occidente y abandona París en busca de lugares no contaminados por la civilización. Valora las tendencias artísticas primitivas, lejanas al academicismo. Las considera más auténticas.  Sus obras están impregnadas de una gran carga emocional y simbólica.










Durante sus primeros años, en París, su obra sigue los parámetros del Impresionismo con dos líneas de influencia: Pissarro, en los paisajes y Dégas en los cuadros de interior.

Pero en 1886 Gauguin abandona París y se instala en un pueblo de BRETAÑA llamado PONT-AVEN. La decisión no es casual: intenta escapar del encorsetamiento burgués y buscando la pureza y lo primitivo del arte, que según él, está en la Bretaña francesa. Ese mismo año se había publicado "Un voyage en Bretagne", donde Flaubert y Du Camp elogian en los habitantes de la región un ejemplo de la forma humana en su libertad originaria, tal como fue creada en el primer día del mundo. 

Allí trabaja con jóvenes artistas que ya le admiran, como Charles Laval (con quien irá en 1887 a Panamá y Martinica) y Emile Bernard. Aquí comenzará a librarse de las ataduras del Impresionismo y orientará su obra hacia un estilo mucho más libre.



Durante el verano de 1886 parte para una estancia de varios meses en la Bretaña francesa, estableciéndose en Pont-Aven. La decisión no es casual: intenta escapar del encorsetamiento burgués y buscando la pureza y lo primitivo del arte, que según él, está en la Bretaña francesa. Ese mismo año se había publicado "Un voyage en Bretagne", donde Flaubert y Du Camp elogian en los habitantes de la región un ejemplo de la forma humana en su libertad originaria, tal como fue creada en el primer día del mundo. Gauguin necesita encontrar una tierra salvaje y misteriosa de la cual obtener nuevas fuentes de inspiración. Siempre mantuvo sus ideas de libertad e independencia en la pintura, siendo sus búsquedas insaciables, y esto es lo que se valora como fundamento del arte moderno.




































En 1854, durante el llamado período Meiji, Japón abre sus puertas al mundo y un torrente de exposiciones, galerías y revistas difunden por todo el contexto europeo las bellas estampas niponas del Ukiyo-e, pinturas del mundo flotante, amable y cotidiano, mucho más delicadas que sus contemporáneas occidentales. Ese género de grabados, producidos en Japón entre los siglos XVIII y XX, supusieron una auténtica revelación para los artistas europeos del XIX, siendo una de las bases sobre las que se levantan las nuevas corrientes artísticas impresionistas y postimpresionistas y hasta el Art Nouveau; todas beberán de las fuentes niponas para la configuración de su nuevo lenguaje.



“Amo la Bretaña. Encuentro en ella lo rústico, lo primitivo. Cuando mis zuecos de madera retumban sobre este suelo de granito, escucho el tono sordo, monótono y vigoroso que trato de lograr en la pintura. 
”He roto los grilletes al realismo, el verdadero arte es la abstracción" 




(…) “Cuando llegué a Arlés, Vincent se buscaba a sí mismo, mientras que yo, mucho más viejo, era un hombre hecho. A Vincent le debo, además de la conciencia de haberle sido útil, la consolidación de mis ideas pictóricas anteriores, y luego, en los momentos difíciles, el poder acordarme de que existe alguien más desgraciado que uno mismo.”    
"El Cristo amarillo", 1889
Tras una breve estancia en Arlés regresa a Bretaña en 1889, al aislado pueblo de Le Pouldu. Realiza una de sus obras más significativas, "El Cristo amarillo", en la que se ponen en evidencia los rasgos del primitivismo, del sintetismo bretón de Gauguin. 























"La bella Angèle", 1889

"Campesinas bretonas", 1894

"El violonchelista", 1894






















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